Después de una tarde de cumpleaños junto a mis
amigas, Nana me traía de vuelta a casa. Había pasado la tarde junto a las otras
madres esperando a que me cansara de jugar junto a todas en el parque de bolas.
Mi mejor amiga, Natalie, cumplía seis años y había decidido celebrarlo allí con
todas. El cumpleaños terminó cuando el sol comenzó a ponerse y Nana me dijo que
ya era hora de volver, que no podíamos llegar muy tarde a casa porque mis
padres volvían hoy de un viaje de negocios. Asentí y quejándome un poco, me
despedí de mi mejor amiga y volví junto a Nana a casa. Volvimos andando y en el
camino Nana me compró una bola de chocolate con virutas, era mi sabor favorito.
Atravesamos Central Park y corrimos por la Avenida Principal antes de llegar a
casa. Nana abrió la verja y antes de pararse y abrir la puerta de casa, me
limpió el chocolate de toda la cara. Abrió la puerta y no pude evitar correr
hasta la habitación de mis padres para verles, les había echado mucho de menos.
Entré corriendo a su habitación y me encontré tumbado en la cama a mi padre,
con los ojos cerrados y un charco rojo en la camisa con un orificio en el
pecho. Segundos después entró Nana y chilló sorprendida.
-Nana, ¿qué le pasa a mi papi, por qué no
contesta?-le pregunté inocentemente.
Nana me cogió de la mano y me apartó rápidamente
de mi padre, pero me deshice de su agarre y me tumbé junto a él en la cama.
-¡Diana, aléjate de ahí!-exclamó viniendo hacia
mí.
-¡No, no, quiero estar con mi papi!-la chillé
llorando. Mi padre no se despertaba, no sentía su corazón latir bajo su pecho
cuando me tumbaba en él, no le oía respirar profundamente como siempre lo hacía
cuando dormía.
-Cariño, tu padre...tu padre va a estar en un
lugar mejor, tu padre va a verte desde el cielo y te va a proteger desde allí
arriba-me susurró entrecortadamente en el oído.
Negué con la cabeza, no, mi padre no podía
estar muerto. Corrí al baño y no encontré a mi madre. Después fui a todas las habitaciones y no estaba, mi mamá no estaba, había
desaparecido. Fui corriendo a Nana y me tiré a sus brazos.
-Nana, ¿y mi mamá?-la pregunté y ella no supo
contestarme, solo cogió el teléfono, llamó a la policía y me acunó hasta que
dejé de llorar y me quedé dormida.
De esa noche habían pasado doce años. Ahora me
encontraba en el funeral de la mujer que me había cuidado después de la muerte
de mi padre y la misteriosa desaparición de mi madre, la que me había dado su
hombro para llorar todas y cada una de las noches que recordaba ese día, que
tenía pesadillas; estaba en el funeral de Nana. Noté una mano en mi espalda
baja y vi a Natalie detrás de mí, dándome todo su apoyo. Después de esto había
decidido algo que podría tirar por la borda toda mi vida, pero no me importaba,
lo haría costara lo que me costase. Vengaría la muerte de mi padre y
encontraría a mi madre.